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Vigésimo quinto Domingo
ciclo a

LA VIÑA DEL SEÑOR

— Los planes de Dios. El honor de trabajar en su viña.

— En la viña del Señor hay lugar y trabajo para todos.

— Sentido positivo de las circunstancias que rodean nuestra vida. Ahí y no en otro lugar quiere el Señor que nos santifiquemos y llevemos a cabo un fecundo apostolado.

I. En la vida de las personas se dan momentos particulares en los que Dios concede especiales gracias para encontrarle. La inminencia de la vuelta del destierro del pueblo elegido supone uno de esos momentos privilegiados de cercanía del Señor.

Muchos hebreos se contentaban con volver a ver la ciudad santa, Jerusalén. En esto estaba su esperanza y su alegría. Pero Dios exige más, pide el abandono del pecado, la conversión del corazón. Por eso pregona por boca del Profeta Isaías, según leemos en la Primera lectura de la Misa1: Mis planes no son vuestros planes, mis caminos no son vuestros caminos... Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros, mis planes más altos que vuestros planes. ¡Tantas veces nos quedamos cortos ante las maravillas que Dios nos tiene preparadas! ¡En tantos momentos nuestros planteamientos se quedan pequeños!

En los textos de la liturgia de la Misa de este domingo, la Iglesia nos recuerda el misterio de la sabiduría de Dios, siempre unido a unos deseos redentores: Yo soy la salvación del Pueblo, dice el Señor: si me invocan en la tribulación, los escucharé y seré siempre su Señor2. Y en el Evangelio3, el Señor quiere que consideremos cómo esos planes redentores están íntimamente relacionados con el trabajo en su viña, cualesquiera que sean la edad o las circunstancias en que Dios se ha acercado y nos ha llamado para que le sigamos. El Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Ajustó con ellos el jornal en un denario y los envió a trabajar. Pero hacían falta brazos, y el amo salió en otras ocasiones, desde la primera hora de la mañana hasta el atardecer, a buscar más jornaleros. Al final, todos recibieron la misma paga: un denario. Entonces, los que habían trabajado más tiempo protestaron al ver que los últimos llamados recibían la misma paga que ellos. Pero el propietario les respondió: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario?... Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera con mis asuntos?

No quiere el Señor darnos aquí una enseñanza de moral salarial o profesional. Nos dice que en el mundo de la gracia todo, incluso lo que parece que se nos debe como justicia por las obras buenas realizadas, es un puro don. El que fue llamado al alba, en los comienzos de su vida, a seguir más de cerca a Cristo, no puede presumir de tener mayores derechos que el que lo ha sido en la edad madura, o quizá a última hora de su vida, en el crepúsculo. Y estos últimos no deben desalentarse pensando que quizá es demasiado tarde. Para todos el jornal se debe a la misericordia divina, y es siempre inmenso y desproporcionado por lo que aquí hayamos trabajado para el Señor. La grandeza de sus planes está siempre por encima de nuestros juicios humanos, de no mucho alcance.

Nosotros, llamados a la viña del Señor a distintas horas, solo tenemos motivos de agradecimiento. La llamada, en sí misma, ya es un honor. «Ninguno hay –afirma San Bernardo–, a poco que reflexione, que no halle en sí mismo poderosos motivos que le obliguen a mostrarse agradecido a Dios. Y nosotros especialmente, porque nos escogió para sí y nos guardó para servirle a Él solo»4.

II. Id también vosotros a mi viña.

Entre los males que aquejan a la humanidad, hay uno que sobresale por encima de todos: son pocas las personas que de verdad, con intimidad y trato personal, conocen a Cristo; muchos quizá mueran sin saber apenas que Cristo vive y que trae la salvación a todos. En buena parte dependerá de nuestro empeño el que muchos lo busquen y lo encuentren: «tanto es el trabajo que a todos espera en la viña del Señor. El “dueño de la casa” repite con más fuerza su invitación: Id vosotros también a mi viña»5. ¿Podremos permanecer indiferentes ante tantos que no conocen a Cristo? «Examine cada uno lo que hace –exhorta San Gregorio Magno–, y vea si trabaja ya en la viña del sembrador. Porque el que en esta vida procura el propio interés no ha entrado todavía en la viña del Señor. Pues para Él trabajan (...) los que se desvelan por ganar almas y se dan prisa por llevar a otros a la viña»6.

En el campo del Señor hay lugar y trabajo para todos: jóvenes y viejos, ricos y pobres, para hombres y mujeres que se encuentran en la plenitud de la vida y para quienes ya ven acercarse su atardecer, para los que parecen disponer de mucho tiempo libre y para los que han de hacer grandes esfuerzos y sacrificios por estar cada día con la familia... Incluso los niños, afirma el Concilio Vaticano II, «tienen su propia capacidad apostólica»7, y ¡qué fecundidad la de su apostolado en tantas ocasiones! Y los enfermos, ¡cuánto bien pueden hacer! «Por consiguiente, se impone a todos los cristianos la dulcísima obligación de trabajar para que el mensaje divino de la salvación sea conocido y aceptado por todos los hombres de cualquier lugar de la tierra»8.

Nadie que pase junto a nosotros en la vida deberá decir que no se sintió alentado por nuestro ejemplo y por nuestra palabra a amar más a Cristo. Ninguno de nuestros amigos, ninguno de nuestros familiares debería decir al final de sus vidas que nadie se ocupó de ellos.

III. El Papa Juan Pablo II, comentando esta parábola9, invitaba a mirar cara a cara este mundo nuestro con sus inquietudes y esperanzas: un mundo –añadía el Pontífice– cuyas situaciones económicas, sociales, políticas y culturales presentan problemas y dificultades más graves que las que describía el Concilio Vaticano II en uno de sus documentos10. «De todas formas –comentaba el Papa–, es esta la viña, y es este el campo en que los fieles laicos están llamados a vivir su misión. Jesús les quiere, como a todos sus discípulos, sal de la tierra y luz del mundo (Cfr. Mt 5, 13-14)».

No son gratas al Señor las quejas estériles, que suponen falta de fe, ni siquiera un sentido negativo y pesimista de lo que nos rodea, sean cuales fueran las circunstancias en las que se desarrolle nuestra vida. Es esta la viña, y es este el campo donde el Señor quiere que estemos, metidos en medio de esta sociedad, con sus valores y sus deficiencias. Es en la propia familia –esta y no otra– en la que nos hemos de santificar y la que hemos de llevar a Dios, en el trabajo que cada día nos espera, en la Universidad o en el Instituto... Esa es la viña del Señor donde Él quiere que trabajemos, sin falsas excusas, sin añoranzas, sin agrandar las dificultades, sin esperar oportunidades mejores. Para realizar ese apostolado tenemos las gracias necesarias. Y en esto se fundamenta todo nuestro optimismo. «Dios me llama y me envía como obrero a su viña; me llama y me envía a trabajar para el advenimiento de su Reino en la historia. Esta vocación y misión personal define la dignidad y la responsabilidad de cada fiel laico y constituye el punto de apoyo de toda la obra formativa (...). En efecto, Dios ha pensado en nosotros desde la eternidad y nos ha amado como personas únicas e irrepetibles, llamándonos a cada uno por nuestro nombre, como el Buen Pastor que a sus ovejas las llama a cada una por su nombre (Jn 10, 3). Pero el eterno plan de Dios se nos revela a cada uno solo a través del desarrollo histórico de nuestra vida y de sus acontecimientos, y, por tanto, solo gradualmente: en cierto sentido, de día en día»11. En cada jornada somos llamados por Dios para llevar a cabo sus planes de redención; en cada situación recibimos ayudas sobrenaturales eficaces para que las circunstancias que nos rodean nos sirvan de motivo para amar más a Dios y para realizar un apostolado fecundo.

San Pablo, en la Segunda lectura de la Misa12, escribe a los cristianos de Filipo: Me encuentro en esta alternativa: por un lado deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para vosotros. ¡Tanta era su esperanza en Cristo, tanto su amor a aquellos primeros cristianos que había llevado a la fe! Pablo escribe estando encarcelado y sufriendo a causa de quienes, por rivalidad, quieren entorpecer su obra. Sin embargo, esto no le quita la paz y la serenidad, y no deja de seguir trabajando en la viña del Señor con los medios de que dispone. Rechacemos el pesimismo y la tristeza si alguna vez no obtenemos los resultados que esperábamos. «No admitas el desaliento en tu apostolado. No fracasaste, como tampoco Cristo fracasó en la Cruz. ¡Ánimo!... Continúa contra corriente, protegido por el Corazón Materno y Purísimo de la Señora: Sancta María, refugium nostrum et virtus!, eres mi refugio y mi fortaleza.

»Tranquilo. Sereno... Dios tiene muy pocos amigos en la tierra. No desees salir de este mundo. No rehúyas el peso de los días, aunque a veces se nos hagan muy largos»13.

1 Is 55, 6-9. — 2 Antífona de entrada. — 3 Mt 20, 1-16. — 4 San Bernardo, Sermón 2, para el Domingo VI después de Pentecostés, 1. — 5 Juan Pablo II, Exhort. Apost. Christifideles laici, 30-XII-1988, 3. — 6 San Gregorio Magno, Homilías sobre el Evangelio, 19, 2. — 7 Conc. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositaten, 12. — 8 Ibídem, 3. — 9 Cfr. Juan Pablo II, loc. cit., 3. — 10 Cfr. Conc. Vat. II. Const. Gaudium et spes. — 11 Juan Pablo II, loc. cit., 58. — 12 Flp 1, 20-24; 27. — 13 San Josemaría Escrivá, Vía Crucis, Rialp. 2ª ed., Madrid 1981, XIII, n. 3.

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