Meditación periódica, Francisco Fernández-Carvajal

Francisco Fernández Carvajal


S�bado, 27 de Mayo de 2017 


Meditación periódica
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LA CIMA

Subió a un monte para orar a solas

(Mt 14)

Han proyectado salir mañana a primera hora. Cuando reciban los primeros rayos de sol ya deberían haber comenzado la aproximación a lo que será la verdadera ascensión. Esta tarde estará muy llena: han de preparar las cuerdas, los grampones, ver qué es lo realmente necesario llevar en la mochila... La cima se ve a lo lejos. Algún grupo que ha llegado al refugio no se encuentra muy animado a salir, por el mal tiempo. Pero ya se sabe, aquí en el Pirineo y en esta época...

Mañana, al amanecer, lo primero que les va a costar, cuando vayan a iniciar la marcha..., ¡es abandonar el refugio! ¡Se está tan bien en él! ¡Es tan acogedor y complaciente en medio de su austeridad! Quizá una voz interior les diga que lo dejen para otro día, pero, conociéndoles, sabemos que saldrán. Tendrán que arrancar y, sin pensarlo mucho, se pondrán en camino. Deberán hacer unas cuantas preguntas a un guía más experto: si el hielo del glaciar estará en buenas condiciones, si necesitarán cuerda para asegurar en la rimaya de la antecima... Ellos, los guías, han hecho muchas veces esta ruta y conocen bien el camino. Su información es muy valiosa. A veces, imprescindible.

Cuando se haga verdaderamente dura la ascensión, les llegará quizá la tentación, incluso, de abandonar o al menos de hacer un parón no previsto... que, con otros previstos o excesivamente prolongados, harían imposile llegar a la cima. Pero, como otras veces, se sobrepondrán y seguirán el plan inicial.

¡Qué importante es el deseo de llegar allá arriba! El misterio que encierra toda cumbre solo se abre a los tenaces, a los que han deseado mucho llegar, aunque lo más probable es que les haya costado también mucho superar los obstáculos y los momentos de desánimo o la tentación, quizá, de volver al refugio.

Oscurece. Ya tienen todo preparado. Mañana al atardecer, si todo va bien, cuando estén de nuevo en el refugio, dirán lo de siempre: valía la pena. Aunque estén cansados por el esfuerzo.

 

La vida interior se ha comparado muchas veces a una ascensión. El Papa Juan Pablo II decía que «es necesario subir a las montañas para abrazar en los espacios infinitos la admirable obra de Dios», su grandeza. «Es necesario subir –añadía– para recoger la invitación a hacer de la propia vida una continua ascensión hasta las grandes cimas de las virtudes humanas y cristianas»1.

La vida interior es una continua y esforzada ascensión, por amor. Es necesario abandonar el refugio de la comodidad, tener un buen guía que conozca bien el camino y señale los peligros, sobreponerse a la tentación del desánimo, del cansancio, de las dificultades... Saber que Jesucristo siempre vale la pena. Él es el verdadero objetivo, lo que nos ha puesto en camino muchas veces. Es la cumbre que esperamos alcanzar.

Quizá lo más importante en esa ascensión de la santidad sea querer, desear llegar, amar de verdad al Señor como meta definitiva, como un amor, una amistad real, que crece. Desear conocerle, amarle, servirle, en cualquier circunstancia en que nos encontremos: salud o enfermedad, éxito o fracaso... Tener la determinación de llegar a esa amistad a toda costa, contando con la gracia, sin la cual no podemos hacer nada: «...importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino, siquiera no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo»2.

Todo se vuelve camino para llegar a la cima. Pero es necesario querer de verdad. Eso respondió santo Tomás de Aquino cuando su hermana Teodora le preguntó: —Tomás, ¿qué se necesita para ser santo? Y su hermano, sabio y santo, le respondió escuetamente: querer.

La gracia de Dios no nos falta. Y en la dirección espiritual encontramos un guía seguro, que en el momento oportuno nos dará esos consejos sabios sin los cuales habríamos perdido el camino, o una palabra de aliento para seguir adelante sin desánimo. La cumbre está cerca..., nos dirá, quizá. Y con deseos renovados nos pondremos de nuevo en marcha, recomenzaremos. Cuando lleguemos también nosotros podremos exclamar: ¡Valía la pena!


Cfr. El día que cambié mi vida



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