Meditación periódica, Francisco Fernández-Carvajal

Francisco Fernández Carvajal


Viernes, 21 de Julio de 2017 


Meditación periódica
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EL CIRCO

Vio Jesús a Natanael acercarse y dijo de él:
—Aquí tenéis a un verdadero israelita en quien no hay doblez

(Jn 1)

Llegó un circo a un pueblo en fiestas. Como todos los años, el espectáculo tuvo un gran éxito entre mayores y pequeños. Especialmente el payaso era recibido siempre con muchos aplausos.

Un día, al ir a cambiarse de indumentaria para otro número, se encontró con el director del circo completamente fuera de sí porque se había iniciado un fuego en la zona donde descansaban y vivían los artistas. El riesgo de que la enorme carpa fuera pasto de las llamas era muy grande. Podría haber muchas víctimas, pues el aforo estaba al completo. Por esto, el dueño del circo mandó al payaso que desalojara enseguida a todos los asistentes.

El payaso apareció a medio vestir, gritando. ¡Fuego! ¡Fuego! Todos fuera, salid... Y el público respondió con una sonora carcajada. Y, cuanto más gritaba y gesticulaba, más se reía el público. Creían que formaba parte de un nuevo número cómico. Incluso la vestimenta, a medio poner, parecía hecha a propósito para sorprender al auditorio. El pobre payaso gritaba con más fuerza: ¡Hay fuego! ¡Estamos en peligro!... Pero la gente reía y reía cada vez con más ganas. Nunca se habían divertido tanto con los gestos y los gritos desaforados del payaso. Nadie se movió de su asiento.

Providencialmente, el fuego pudo apagarse sin que ocurrieran mayores desgracias.

Si no tenemos prestigio profesional, si no somos ejemplares en el entorno en el que nos movemos (familia, trabajo, amigos...), nuestros intentos de acercar a otros a Cristo serán vanos, podríamos parecernos al payaso que grita y nadie le hace caso. Ya se sabe: lo que dice un payaso tiene que ver muy poco con la realidad. Se le puede escuchar sin que sus palabras causen la más pequeña inquietud. Todos saben que es un payaso el que habla. Solo debe distraer y divertir al público.

El Señor necesita buenos seguidores suyos, que sepan reflejar su rostro en medio de los diversos quehaceres del mundo. Nuestros amigos, parientes, colegas de trabajo y conocidos nos han de ver leales, sinceros, alegres, optimistas, buenos profesionales, recios, afables, valientes, de una pieza, como Natanael, en quien no había doblez ni engaño... Nuestra palabra ha de tener credibilidad porque va acompañada del ejercicio de muchas virtudes humanas. Y, entre ellas, el prestigio profesional en la propia tarea, labrado día a día.

Nuestro mundo está necesitado de hombres y mujeres ejemplares en su profesión, sin complejos, sobrios, serenos, profundamente humanos, firmes, comprensivos con las personas e intransigentes en la doctrina de Cristo, afables, justos, leales, alegres, optimistas, generosos, laboriosos, sencillos, valientes..., para que así sean buenos colaboradores de la gracia, pues «el Espíritu Santo se sirve del hombre como de un instrumento»1. Entonces, sus obras cobran una eficacia divina, como la herramienta, que de sí misma sería incapaz de producir nada, y en manos de un buen profesional puede llegar a realizar obras maestras.

«Se necesitan –enseña el Papa Juan Pablo II– heraldos del Evangelio expertos en humanidad, que conozcan a fondo el corazón del hombre de hoy, participen de sus gozos y esperanzas, de sus angustias y tristezas, y al mismo tiempo sean contemplativos, enamorados de Dios. Para esto se necesitan nuevos santos. Los grandes evangelizadores de Europa han sido los santos. Debemos suplicar al Señor que aumente el espíritu de santidad en la Iglesia y nos mande nuevos santos para evangelizar el mundo de hoy»2. Personas con prestigio en las tareas seculares y, a la vez, muy cerca de Dios por la oración. Eso nos pide el Señor. Entonces, nuestras palabras tendrán crédito, serán creíbles y podremos llevar a los demás hasta el Señor.


Cfr. El día que cambié mi vida



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