Meditación periódica, Francisco Fernández-Carvajal

Francisco Fernández Carvajal


Jueves, 30 de Marzo de 2017 


Meditación periódica
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EL NOMBRE

… y le pusieron por nombre Jesús,
como le había llamado el ángel

(Lc 1)

Para los hebreos, el nombre tenía una importancia grande. Indicaba lo que era o se esperaba que fuera una persona. A veces, Dios mismo lo cambiaba, cuando señalaba un cometido nuevo que cumplir. El Señor cambió el nombre de Simón por el de Cefas, piedra, roca, cimiento, indicando lo que sería más tarde en la Iglesia.

También Dios Padre quiso fijar el nombre de Jesús por medio del ángel. Con él quedaría expresada su misión: Jesús significa salvador, redentor. Es el nombre superior a todo nombre, a fin de que al nombre de Jesús se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en el infierno (Flp).

A veces, en vez de doblar la rodilla ante el nombre de Jesús, de reverenciarlo como al Salvador y Redentor, se blasfema contra él o se emplea de modo irrespetuoso o indebido. Por eso, quienes queremos seguirle de verdad, debemos desagraviar y pronunciarlo con respeto y con amor. Le trataremos con sencillez y confianza: «Jesús, necesito...», «Jesús, yo querría...»; no en vano «el don del Nombre pertenece al orden de la confidencia y de la intimidad»1, como nos enseña el Catecismo de la Iglesia; por eso, debemos guardarlo en la memoria «en un silencio de adoración amorosa»2. ¡Mi Jesús!

María y José repitieron este nombre, llenos de piedad y de cariño, muchas veces. Así hemos de hacer nosotros con frecuencia: «Pierde el miedo a llamar al Señor por su nombre –Jesús– y a decirle que le quieres»3. De este modo sencillo se enriquecerá nuestra piedad, nos facilitará el trato con Él en nuestra oración mental.

«¡Oh Jesús..., cómo te compadeces de los que te invocan!

¡Qué bueno eres con quienes te buscan!

¡Qué no serás para quienes te encuentran!...

Solo quien lo ha experimentado

puede saber lo que encierra amarte a Ti, ¡oh Jesús!»4.

A veces, nosotros imitaremos a aquellos leprosos que, desde lejos, piden su curación: Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros; o como el ciego de Jericó, pediremos que nos cure de nuestra ceguera: Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí. «¡Qué hermosa jaculatoria, para que la repitas con frecuencia!»5.

Nos llena de paz pronunciar el nombre de Jesús con piedad y devoción. Nos podemos dirigir a Él desde cualquier parte donde nos encontremos, en toda circunstancia. En el dolor y en la alegría, en el trabajo y en el descanso, en la casa o delante del sagrario…: «Ahí, desde ese lugar de trabajo, que tu corazón se escape al Señor, junto al Sagrario, para decirle, sin hacer cosas raras: Jesús mío, te amo.

—No tengas miedo a llamarle así –Jesús mío– y de repetírselo a menudo»6.

Invocando el Santísimo Nombre de Jesús desaparecerán muchos obstáculos y sanaremos de tantas enfermedades del alma, que a menudo nos aquejan. «Que tu nombre, oh Jesús, esté siempre en el fondo de mi corazón y al alcance de mis manos, a fin de que todos mis afectos y todas mis acciones vayan dirigidas a ti... En tu nombre, ¡oh Jesús!, tengo remedio para corregirme de mis malas acciones y para perfeccionar las defectuosas; también, una medicina con que preservar de la corrupción mis afectos o sanarlos, si ya estuvieran corrompidos»7.

La invocación del santo Nombre de Jesús es el camino más sencillo de la oración continua8, de una presencia de Dios que abarcará todo nuestro día.

Jesús, ¡mi Señor!, ¡mi Dios!


Cfr. El día que cambié mi vida



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