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Meditación periódica Imprimir
JESÚS, TAN CALLADO
Permaneced en mi amor
(Jn 13)
Poco tiempo después de ser ordenado sacerdote, el beato Manuel
González, que más tarde sería Obispo de Málaga y de Palencia, donde murió y en cuya
catedral está enterrado, fue a predicar una misión popular a un pueblecito de Sevilla.
Nada más llegar, se dirigió directamente al sagrario de la iglesia parroquial para
pedir por el fruto de la misión.
Él mismo ha dejado por escrito su primera impresión, que fue muy
dolorosa: «¡Qué esfuerzos tuvieron que hacer allí mi fe y mi valor –escribe– para
no volver a tomar el burro, que aún estaba amarrado a las puertas de la iglesia,
y salir corriendo para mi casa!».
Allí, en el altar, encontró todo muy descuidado: «harapos y suciedades»,
escribe el beato. Pero no huyó: «Allí me quedé un rato largo, y allí encontré mi
plan de misión y aliento para llevarlo a cabo... Allí, de rodillas ante aquel montón
de harapos y suciedades, mi fe veía, a través de aquella puertecilla apolillada,
a un Jesús tan callado, tan bueno, tan paciente, tan desairado, que me miraba...
»Aquella tarde, en aquel rato de sagrario, yo entreví para mi
sacerdocio una ocupación en la que antes no había soñado: ser cura de un pueblo
que no quisiera a Jesucristo, para quererlo yo por todo el pueblo; emplear mi sacerdocio
en cuidar a Jesucristo en las necesidades que su vida de sagrario le ha creado,
alimentarlo con mi amor, calentarlo con mi presencia, entretenerlo con mi conversación:
defenderlo contra el abandono y la ingratitud...».
En el sagrario encontramos también nosotros a un Jesús tan bueno...
tan paciente. Agradecerá, en esta vida y en la otra, que hayamos ido a verle, que
le hayamos acompañado. ¡Qué solo se encuentra en tantos lugares! ¡Qué pocos cristianos
son consecuentes con su fe, y pasan de largo ante las puertas de una iglesia, sin
dirigirle un saludo, unas palabras de amor y de agradecimiento! Allí está: tan bueno,
tan paciente, que mira... que nos mira.
Narra la Madre Angélica una pequeña historia, que expresa bien
la sencillez con que hemos de tratar a Jesús presente en la Eucaristía. En Boston,
cerca de la estación de ferrocarriles, había una iglesia católica.
Allí, a la misma hora, durante la Misa, pasaba un sujeto no muy
bien vestido, que conseguía distraer a todos mientras se dirigía a la capilla del
Santísimo. Pasaba allí unos instantes, pocos, y reemprendía el camino de vuelta.
Un día, el párroco le esperó a la salida del templo. Lo abordó
y le preguntó a qué se debía esa estancia fugaz en la iglesia a la misma hora, que
distraía a los fieles que asistían a Misa. El sujeto en cuestión le contestó que
era el maquinista de un tren que se detenía algunos minutos en aquella estación.
Apenas le daba tiempo de acercarse a la capilla del Santísimo y dirigirle al Señor
unas pocas palabras:
—Hola, Jesús, soy Jim. Y con eso, decía al párroco,
ya me voy contento. Esa visita es muy importante para mí.
Un tiempo después tuvo lugar un terrible accidente en aquella
estación. El tren de pasajeros chocó con uno de mercancías detenido en la misma
estación. Hubo muchos heridos. El párroco fue enseguida y atendió a los accidentados.
Encontró también a Jim, moribundo, y le administró los últimos sacramentos. Cuando
Jim expiró, al sacerdote le pareció oír una voz cálida venida de lejos que decía:
—Hola, Jim, soy Jesús.
Si somos fieles, si tratamos con amor a Jesús sacramentado, oiremos
esas palabras dichosísimas: Ven, bendito de mi Padre... Mira lo que te he
preparado. Gracias por tus visitas, por tus actos de desagravio, por tu compañía.
¡Cuánto se alegraba mi corazón cuando te veía entrar y acercarte a donde Yo estaba!
Muchas veces no sabías qué decir, pero, de todas formas, me era gratísima tu visita.
Jesús, cuando nos presentemos delante de Él, recordará la más
pequeña consideración que hayamos tenido con Él: una genuflexión bien hecha, una
jaculatoria, una mirada... No nos quedemos cortos cuando vayamos a verle.
Y, ¿cómo olvidará las veces que le hemos dicho que puede disponer
de nosotros como Él quiera? ¡Es buen pagador!
Cfr. El día que cambié mi vida
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